Confucio.

El Centro invariable es un volumen que reúne algo de la sabiduría de Confucio. Esta obra es sutil como una nube, pues casi cada aforismo parece una gota de lluvia. A veces consta de un solo párrafo que condensa todo el conocimiento que lleva a la perfección. Confucio comienza por hablar del Centro natural originado por el cielo y contrasta la manera en que el hombre vulgar y el sabio se relacionan con la naturaleza. ¿Quién es aquel que descubre y guarda el centro que el cielo dispuso para el hombre; por qué hay un hombre que ni siquiera advierte que hay que buscar dicho Centro? A lo largo de treinta y tres capítulos, Confucio comenta pasajes escogidos de la tradición china para indicarnos en nosotros mismos, y a la vez reflejado en la naturaleza y la sociedad, el camino hacia lo invariable eterno. La brevedad y la concisión de cada aforismo lo hacen instrumento de meditación y la reflexión sobre él se torna un trabajo iniciático; todo ello se presenta como una forma de acceso al Centro y demuestra que la filosofía china conduce a la misma meta a donde van todas las enseñanzas espirituales: el descubrimiento del absoluto. Resumiendo los conceptos de Mircea Eliade*, vemos que en la antigua China existía la noción del Tao como principio y fuente de la realidad, como idea de la alternancia regida por el ritmo yin-yang y de la analogía entre el macrocosmos y el microcosmos, analogía aplicada a todos los planos de la existencia y de la organización del hombre: la anatomía, la psique, la vivienda, las instituciones y los espacios. Algunos (como los taoístas) pensaban que la existencia bajo el signo del Tao y en plena armonía con los ritmos cósmicos fue posible sólo en el principio, en la etapa anterior a la sociedad y la cultura, pero otros creían que era posible hacer real esa clase de existencia en una sociedad justa y civilizada. El más celebre e influyente de ellos fue Confucio (551-479) a. C.). Para Confucio, viviendo en un periodo de anarquía e injusticia afligido por el sufrimiento, la única solución era reformar radicalmente el gobierno, aplicada por jefes instruidos y funcionarios responsables. Esta idea no se aplicó en su tiempo y se dedicó a la enseñanza. Tuvo numerosos discípulos, que transmitieron su enseñanza. Hacia los años * Mircea Eliade, Historia de las creencias y las ideas religiosas. 11 206 a. C y 220 d. C. los gobernantes encargaron la administración del imperio a los confucianos. Esa doctrina guió la administración pública por dos mil años. Confucio tuvo honda influencia en la religiosidad china; la fuente misma de su reforma moral y política es religiosa. Decía que el Tao había sido establecido por decreto del Cielo y comportarse acorde con el Tao era acatar la voluntad del Cielo, que es un ente divino que se interesa en ayudar a los individuos a mejorar. Decía que los sacrificios y ritos tradicionales debían efectuarse por formar parte de la vida de un hombre superior. El Cielo ama también la conducta moral y el buen gobierno, mientras que las especulaciones metafísicas acerca del Cielo y de la vida posterior a la muerte son inútiles. El hombre debe interesarse sobre todo en la vida humana concreta como se vive aquí y ahora. Confucio no niega la existencia de los espíritus, pero dice que la sabiduría está en respetarlos y mantenerlos a distancia. “Si no puedes servir a los hombres, ¿cómo vas a servir a los espíritus?” Un gesto que se realiza siguiendo la norma constituye una nueva epifanía de la armonía cósmica. Quien ejerce dicha conducta obviamente ya no es un individuo ordinario, como antes de instruirse, se ha transformado su modo de vivir. La disciplina que busca la transmutación de los gestos y las conductas hasta infundirles un valor ritual sin restarles espontaneidad posee una intención y estructura religiosas. El orden establecido por el Cielo se llama naturaleza. Lo que es conforme a la naturaleza se llama ley. La implantación de la ley se llama instrucción. La ley no puede cambiar ni el espesor de un cabello; si pudiera variar, no sería en absoluto una ley. Es por ello que el sabio vela con respeto por lo que no ve y piensa con temor en lo que no se oye. Entre los hombres no hay ninguno que no beba ni coma. Muy pocos saben discernir los sabores. Confucio dijo: Se pueden gobernar los imperios y los reinos, rechazar riquezas y dignidades, pisotear con los pies las espadas desnudas… todo ello es más fácil que guardar invariablemente el centro. El sabio toma el camino de la virtud y lo recorre. Una cosa que yo no querría hacer es recorrer la mitad de un camino resbaladizo y detenerme a continuación. Confucio dijo: La ley nunca está alejada de los hombres. Si los hombres se hacen una ley alejada de ellos, no se la debe llamar ley. El sabio actúa como conviene a su estado y fuera de ello, no desea nada. Confucio dijo: ¡Qué sublimes son las virtudes de los espíritus! Los miramos y no se ven, los escuchamos y no se oyen, unidos a la sustancia de las cosas no pueden ser separados de ellas. La nobleza y la distinción se alcanzan mediante la educación, y para ello se necesitan la disciplina y algunas aptitudes naturales. La máxima satisfacción es el desarrollo de las virtudes y quien sea en verdad bondadoso nunca será desdichado. El arte de gobernar es el único medio de garantizar paz y bienestar a mayor número de personas. Confucio dio un nuevo valor a la función ritual de la conducta pública y abrió así un camino nuevo demostrando la necesidad y a la vez la posibilidad de recuperar la dimensión religiosa del trabajo secular y de las actividades sociales. La sutileza que se manifiesta, la verdad que no puede ocultarse, son como la vía del sabio. La buena administración es como la fertilidad de la tierra que da fuerza a los vegetales y como las cañas y los juncos, que crecen por sí mismos. La administración depende en efecto de los hombres que se emplea. Deben escogerse ministros que se parezcan a uno mismo, parecerse uno mismo a la razón y buscar la razón en el amor a la humanidad. El hombre que ha alcanzado la perfección presiente las calamidades y la dicha que han de venir, prevé el bien y el mal. El conjunto de las cosas generadas no se perjudican las unas a las otras. El curso simultáneo de las estaciones y los astros no se contrarían. Una virtud limitada es como la corriente de un río, una gran virtud es como la marcha inmensa del universo. Por estas virtudes son grandes el cielo y la tierra.

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